¿Tus problemas crecen por la noche? No te creas a tu cerebro y hazle callar
- Jonathan Benito
- hace 15 horas
- 2 Min. de lectura

Cuando somos pequeños tememos la oscuridad de la noche, allí se nos aparecen monstruos imposibles que nos angustian, nos aterrorizan... Cuando somos mayores esos monstruos infantiles se reemplazan por otro tipo de pensamientos irracionales, que provienen de la magnificación de cualquier pequeña amenaza detectada por nuestro cerebro. Y ya sabes cómo continúa... el cerebro entra en un bucle de pensamientos angustiosos, llenos de incertidumbre, tortuosos y negativos, donde todo parece inabarcable, imposible y amenazador. El resultado: duermes menos, lo pasas mal y no se consigue resolver nada del supuesto problema que el cerebro ha puesto entre tus manos.
¿Y esto por qué ocurre? La explicación proviene de dos pequeñas estructuras con forma de almendra alojadas en las profundidades de los lóbulos temporales. Se las llaman amígdalas y fundamentalmente evalúan la relevancia emocional de los estímulos del entorno, coordinando respuestas fisiológicas y conductuales adaptativas, especialmente en contextos de amenaza, aprendizaje emocional y procesamiento social. Su activación produce sensaciones de miedo, angustia, amenaza e incertidumbre.
Pues bien, en la oscuridad aumenta su actividad (1) y, además, la falta de sueño la refuerza (2), porque la corteza prefrontal pierde parte de su capacidad de inhibirla. Resumiendo: se podría decir que cuando nos metemos en la cama y apagamos la luz, la amígdala está “on fire”. Y esto hace que cualquier pequeña amenaza que nos llegue a la cabeza se magnifique, incrementando la sensación de angustia, miedo e incertidumbre.
La explicación más plausible es que nuestro cerebro, desde hace muchos millones de años, está biológicamente predispuesto a una mayor vigilancia en la oscuridad, porque es un momento de mucha vulnerabilidad ambiental, donde podemos caer fácilmente presa de un depredador. Por ese motivo, y para garantizar nuestra supervivencia, la amígdala nos instala en una vigilancia ansiosa, nos alerta y magnifica cualquier amenaza para que nos la tomemos en serio y podamos reaccionar ante ella en aras de nuestra supervivencia.
De nuevo nos encontramos con un desfase evolutivo... en mitad de nuestra habitación no existen depredadores que puedan comprometer nuestra supervivencia, pero nuestro cerebro busca y busca posibles peligros potenciales, que obviamente siempre encuentra y la amígdala hace el resto...
Ahora que sabes la verdad, tienes las herramientas necesarias para evitarlo. No te creas a tu cerebro por la noche, háblale en segunda persona y dile: “paso de ti, no te creo... te estás montando una película tremenda por culpa de la amígdala. Mañana, a la luz del sol te haré más caso, pero ahora voy a dormir tranquilamente”. Yo no le doy opción a seguir hablando y me lleva funcionando años. Ojalá también te funcione a ti.
Referencias:
(2) DOI: 10.1016/j.cub.2007.08.007
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